“No: juntos venimos,
juntos nos vamos”

Augusto y Napoleón Uchima

Augusti y Napoleón Uchima

POR: Julián David Carmona.


La presente es una breve historia de dolor, que a través de estas cortas palabras pretende revertirse en memoria y resistencia.

Augusto era el hijo menor de una familia que vivía en el Resguardo de Escopetera y Pirza (Riosucio, Caldas). Fue un hombre que desde siempre sintió que su vocación era el trabajo en el campo y desde muy joven dedicó su vida a tan bella labor.

Su hermana, en medio de tímidas sonrisas y de miradas que evidencian la existencia de un profundo dolor, lo recuerda como un hombre de estatura baja, de complexión delgada, ojos cafés, de una personalidad amable y cariñosa.

Ella hace énfasis en su capacidad de trabajar y de aprender: estudió para ser técnico en Veterinaria en el SENA, con el propósito principal de alimentar su saber y enriquecer su trabajo en el campo, siempre movido por su pasión hacia el campo y la ganadería. Soñó con tener una parcela grande con ganado y equinos, sueño que nunca pudo realizar.

Augusto Uchima
Augusto Uchima.


Amaba el ciclismo; junto a “Napo” su hermano, también asesinado en estos hechos, recorría varios kilómetros en bicicleta por puro placer. A pesar de haber sido un hombre delgado era “de buen comer”, comía casi de todo si mayor reparo. Para él el vallenato era la melodía que amenizaba sus arduas horas de trabajo.

Su hermano mayor, Napoleón, o “Napo” como cariñosamente lo llamaban en su familia, es recordado como un hombre alto, más que su hermano menor, de tez trigueña, “muy sociable, muy recochero, muy buena gente”. Igual que Augusto, amó el trabajo en el campo y con ganado y con equinos y por eso también hizo el técnico en Veterinaria. A diferencia de Augusto, él sí disfrutaba de comidas más elaboradas, tenía un paladar más exigente.

Sin hacer gran esfuerzo resulta evidente la identidad entre ambos en cuestión de gustos, de allí su fuerte amistad y su muy unida relación. Por eso casi siempre, excepto cuando trabajaban sus parcelas, compartían juntos su tiempo. Ni el odio intestino de sus asesinos los pudo separar; hasta el último momento permanecieron juntos, porque ambos fenecieron en el mismo sitio, en el mismo instante y por las mismas manos.

El 24 de noviembre del 2001, una vez los dos hermanos terminaron su cotidiano trabajo en sus parcelas, iban de Bonafonte a la parcela de su padre en compañía del hijo pequeño de Napo, pero en el tramo de la comunidad de La Rueda, en dónde se desarrolló la masacre con el mismo nombre, fueron interceptados por integrantes de las AUC. Ellos detuvieron a Napo y le dijeron a Augusto que siguiera su camino, pero él, como era de esperarse de cualquiera de los dos, dijo “No: juntos venimos, juntos nos vamos”.

Mapa de Riosucio
Augusto Uchima
Napoleón Uchima junto a su esposa y su pequeño hijo.

“Entonces ellos, muy despiadadamente, sin importar nada, los detuvieron (…) los tiraron al piso. Primero fue con Napoleón y como Augusto dijo que “juntos venían, juntos se regresaban”, entonces ahí fue cuando maltrataron a Augusto; les pidieron papeles y entonces procedieron a asesinarlos. Y la verdad es que le dijeron al niño –que tenía cinco años–, que viniera, que pidiera ayuda, que al primero que se encontrara que le dijera que lo trajera, bien fuera a la Defensa Civil o a la Cruz Roja” (testimonio de su hermana).

Pero, lejos de terminar, los problemas apenas comenzaban. Toda la familia Uchima González tuvo que desplazarse de sus tierras hacia la cabecera municipal de Riosucio; pasaron de vivir en condiciones más o menos estables, a sufrir las tragedias de las ponzoñosas fauces del hambre y del desarraigo.

Según su hermana, su madre sufrió una crisis de nervios tan grande que la dejó reducida en la cama, sin poderse valerse por sí misma; sólo a través de terapias con especialistas ella volvió a levantarse y seguir viviendo. No obstante, el sufrimiento de esta dolida madre sigue latente y, aunque se esfuerza por no exteriorizarlo, su rostro y su silencio expresan el sufrimiento inmenso que en su alma habita, sufrimiento que ni el tiempo ni tratamientos psicológicos podrán terminar nunca del todo.

¿Qué es lo que espera ahora esta familia? Su hermana dice que, “la verdad es que, más que una reparación monetaria, uno sí dice: ¡qué bueno fuera que uno pudiera aclarar!, pues es que eran personas muy aparte de problemas, sociables (…) no eran de vicios, personas que les gustaran andar metidos en X o Y cosas (…) ellos eran hombres trabajadores, responsables, muy dedicados a la casa y todo. Entonces el que los mató, yo digo, debe tener una mente tan turbia de asesinar a otro que porque no pertenece a esto… quitarle la vida así sin más ni menos razones”.

La mejor reparación para esta familia es la verdad. ¿Por qué ellos? ¿Cuáles fueron las razones de sus verdugos? Sólo eso piden ellos; es la más justa de las peticiones. Sólo la verdad los hará libres.

Luis Ladino