El sabio y la tierra de colores

Luis Eduardo Osorio

Luise Eduardo Osorio

POR: Laura Montoya


Él hacía de su vida una siembra, mientras sus sueños germinaban en el campo. Esta es la historia de Luis Eduardo Osorio, que nació aquel 14 de febrero de 1942, en el municipio de Dabeiba, Antioquia. Desde pequeño vivió con su abuela en una gran finca, donde reconocer la hermosura de la naturaleza y todo lo que en ella se germina lo alejó de la escuela. En el pueblo sus ojos admiraron la belleza de una mujer y su mirada se encantó con ella. Tres meses después se casó y formo a su lado un hogar de principios católicos que recibió a sus siete hijos en una finca de la vereda Chever. En el hogar, su figura alta y musculosa infundía respeto, pero sus ojos miel escondían la dulzura de su temperamento. Inculcó en sus hijos la unión familiar y los gestos de cariño que hacían olvidar pronto las ofensas y reconocerse como hermanos a través de disculpas y abrazos.

En una de las habitaciones de la casa construyó una tienda, que se convirtió en un sitio de parada de los camiones que transportaban a los turistas del paseo de Chever, ya que en sus charcos se nadaba, se hacían sancochos y se pescaba, mientras en la tienda se compraban los dulces y la aguapanela con queso que calentaba el corazón. Las personas reconocían la amabilidad de Luis Eduardo y su familia, así como su ingenio para los negocios. Él estaba siempre motivado a conseguir nuevos productos para la gente, como gasolina por galones, las piñas que traía un señor de lo profundo de la montaña y los canastos de iraca tejidos por las comunidades ancestrales Embera Katío que habitaban la zona desde los tiempos inmemorables. Luis Eduardo creía que la lengua ancestral de ese pueblo merecía preservarse y por ello motivó a su hija mayor a aprender a través de una cartilla el lenguaje de los ancestros.


Los embera iban a la tienda a celebrar, pero también asistían porque reconocían que Luis Eduardo, con sus manos sabias, había creado remedios capaces de curar las mordeduras de las culebras. Su medicina, basada en las recetas de la naturaleza y los rituales, lograba aliviar los cuerpos afiebrados de los indígenas.

Vida Familiar Luis Eduardo Osorio

Luis Eduardo se convirtió en un aprendiz empírico: decidía desarmar aparatos electrónicos para descubrir cómo se unían sus circuitos y, para afianzar sus conocimientos, decidió estudiar radio electrónica por correspondencia. Era reconocido por la comunidad de la vereda como un hombre trabajador, generoso y hábil, que incluso logró surtir de agua algunas casas de la vereda conectando mangueritas.

Ya eran los años 90, la vida continuaba su curso, pero en 1992 situaciones extrañas empezaron a ocurrir en Dabeiba. Algunos miembros de las Fuerzas Armadas, específicamente de la Policía, empezaron a participar en acciones corruptas como asesinatos y robos. Las personas empezaron a desaparecer, como si la tierra desde sus entrañas tomara su existir. Al pueblo arribaban personajes del horror que lentamente fueron creando pactos para una supuesta protección de la población civil frente a la guerrilla. Eran los paramilitares y se rumoraba que llegaban a “limpiar” la zona.

La llegada del nuevo año, 1993, trajo para la familia Osorio el dolor por la desaparición de su hijo, Carlos Mario, mientras se encontraba en el Ejército Nacional como soldado profesional. La ausencia marcada por la esperanza del reencuentro, hacía que Luis Eduardo se preguntara todos los días por su ubicación, por los rastros y las situaciones que habían precedido la desaparición de su hijo. Le dolía su ausencia y la manera en que lo habían arrebatado de su vida.

A Luis Eduardo le dolía el alma. Su apetito se fue reduciendo. En el municipio la muerte era una situación habitual y los paramilitares decidían sobre la cotidianidad. Así fue como le ordenaron que los días del mercado apenas podía llevar 50 mil pesos para mercar para el hogar y surtir su tienda. La prosperidad y la alegría de la finca se fueron tornando en tristes imágenes mientras los grupos armados rodeaban su hogar. Su alma lloraba, sus ojos vieron el asesinato de algunos de sus amigos, lo único que se respiraba en el aire era el miedo y el terror. Los ojos no quedaron ciegos porque había, quizás, esperanza.

El grito de Luis Eduardo, ante la injusticia, era denunciar que a los campesinos los estaban asesinando, mientras que su cuerpo la guerra también lo había deformado. Ya estaba delgado, le dolía su tierra y los latidos de su corazón eran de temor, porque los paramilitares no solo llegaron a la finca a arrebatar las ollas y algunos marranos, sino que decidieron asentarse en un predio de la propiedad. Los reclamos no podían existir, la ley del silencio había sido impuesta.

Una tarde en la que Luis Eduardo salió de casa, el estruendo del plomo retumbó en las tierras donde quedaba su finca. En medio de aquel enfrentamiento un soldado desapareció. Más tarde llegó el interrogatorio y, aunque él aseguró que se encontraba lejos de casa, la sentencia fue pronunciada: alguien debía pagar caro lo que había sucedido. El sábado 12 de julio de 1997 era un día de mercado. Luis Eduardo ya tenía en claro que no podía llevar más de 50 mil pesos y que la cédula era su salvoconducto para evitar los señalamientos. En el trayecto hacia Dabeiba dos soldados lo abordaron, pero era difícil identificar si eran miembros del Ejército o paramilitares, porque estos grupos no sólo habían pactado su unión como un respaldo en el conflicto, sino también en ocasiones, portaban el mismo uniforme. Los soldados le pidieron a Luis Eduardo llevar un radioteléfono hasta Mutatá, un municipio cercano. Él renegó un poco e indicó que su día estaba destinado para el mercado, pero le ofrecieron cinco mil pesos que le servían para ajustar sus compras. Le entregaron un croquis donde se señalaba claramente el camino por el cual transitar. Era un mapa del engaño. Abusaron de su buena voluntad.

Luis Eduardo confió en ellos e inició el viaje, aunque por esas épocas que un campesino tuviera un radioteléfono era el peor de los señalamientos, pues eso lo convertía, en el imaginario paramilitar, en un guerrillero. Se fue en compañía de un conductor amigo suyo que realizaría el viaje, cuando en un tramo los abordaron los paramilitares. Sin mediar palabra lo bajaron del carro mientras le gritaba a su amigo “dígale a mi muchacha que aquí me bajaron”. Se escuchó el estruendo de las balas que acabaron su vida, sus sueños y sus raíces en aquel campo. Su amigo presenció la barbarie y después lo obligaron a irse. No pudo ayudarlo porque los dueños del horror se creían también dueños de los cuerpos de los inocentes.

Su familia tuvo que escuchar el suceso de los labios de aquel conductor. Con el alma destrozada por la ausencia de su padre, fueron a recoger sus pertenencias, pero recibieron indicaciones claras de miembros del mismo Ejército Nacional, que les notificaron que a la finca no podrían regresar. Obligada la familia a separarse, algunos de sus miembros llegaron a las tierras caldenses a establecer de nuevo la vida, desde donde hoy exigen la verdad, la reparación integral y la justicia para los actores intelectuales de este crimen.

Fausto Becerra